El cliente de un diseñador.

Seguramente te ha pasado que como diseñador quieres lograr que todas tus piezas sean tan perfectas, que no queremos dar pie a que el cliente pueda requerir correcciones, le pones mucho esfuerzo para que el arte sea único, para que logre cubrir todos los requerimientos fundamentales en el diseño, pero, sobre todo, uno de nuestros sueños es que el cliente reconozca que fue un gran acierto el llamar a un experto y pagar por un buen trabajo.

Esta demás decir que para lograr un arte impecable debemos trabajar en conjunto con nuestros clientes, siempre a través de un proceso de briefing.

Acá viene lo bueno, cuando un cliente nos dice su hermosa frase: ¿Por qué tan caro, si mi sobrino hizo un curso de Photoshop y me lo deja gratis? o nos dice: Déjamelo gratis y yo te recomiendo, así ganamos ambos.

¡Uf! Seguramente ya te brinco un ojo del coraje. ¡Y es que caray! ¿Por qué solo a los diseñadores nos pasan estas cosas? O ustedes han ido a un restaurante y le han dicho al dueño que hoy no le van a pagar porque primero van a probar si esta rico, y si logra deleitarlos con su sazón lo van a recomendar. Obviamente que te sacan a patadas ¿verdad?

Total, sacas todos tus argumentos y meses después logras que el cliente este de acuerdo con la cotización. Ya vamos un pasito adelante y por fin tienes un cliente.  (Haces el baile de la felicidad)

Estamos listos, vamos con todo, el cliente tiene que quedar satisfecho con el trabajo. 

Le presentas 3 propuestas de diseño y el cliente lo analiza meticulosamente (como si supiera las reglas del buen diseño), pone una cara de desaprobación y dice: – No es lo que buscaba, está muy simple, métele más diseño.

Te vuelve a dar el tic en el ojo.

Pero no nos podemos rendir, vamos a seguir trabajando. 

Le haces unos ajustes al diseño y le “metes más diseño”. Claro, sin saturarlo. Le presentas las correcciones y dice: – Umm, pero yo lo quería con otra letra (no conoce otra más que comic sans).

De nuevo aparece tu tic en el ojo y le pides a Diosito que te recoja.

Después de unas horas te motivas y le buscas una tipografía adecuada, vamos a explicarle porque esa no funciona, le entregas lo nuevo con las correcciones. Vuelve a analizarlo detenidamente y te dice que le cambies los colores porque esos están muy simples y quiere que su marca sobresalga a las demás.

Lloras y se te activa la gastritis porque no has comido, se te olvido pedirle el 50% de anticipo.

Se te pasa el dolor por la gastritis y te motivas. Es el último cambio. Buscas una paleta de colores atractiva y le presentas las correcciones, el cliente ve el diseño y no dice nada, silencio total… Por fin habla y dice: – Como que se veía mejor tu primera propuesta, mejor dejamos lo que presentaste en un inicio.

Haces memoria y te das cuenta que los cambios que pidió los hiciste sobre el diseño inicial. Ahora, ¿Recuerdas que le pediste a Diosito que te recogiera? Te cumple el deseo y mueres intentando complacer al cliente.

 

Basada en una historia real.

Karen Mtz Acosta

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